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Tagliacozzi

Gaspare Tagliacozzi (1545-1599)
En el siglo XVI, es capital la figura de Gaspare Tagliacozzi (1545-1599), quien da a conocer en una impresión veneciana de 1597, su famoso "De Curtorum Chirurgia per Insitionem", que debe ser considerado como el primer tratado específico de cirugía plástica, Tagliacozzi, era cirujano de Bolonia y practicó la rinoplastia con una técnica parecida a la de los Branca. Al parecer, la desfiguración nasal era frecuente como consecuencia de la sífilis y las mutilaciones consecutivas a causa de las guerras y camorras. En su libro se pueden apreciar perfectamente ilustradas, las técnicas de reparación de labios, orejas y fundamentamente, rinoplastia mediante colgajos muy similares a los empleados en la actualidad. El método, aunque lógicamente modificado en sus detalles técnicos, merece seguir llamándose "italiano" o "de Tagliacozzi". Este personaje fue perseguido y muerto por la inquisición italiana al creer que esas técnicas eran contrarias a la ley de Dios.
La apreciación de la belleza corporal y la búsqueda del ideal
estético del cuerpo humano no son productos exclusivos de la sociedad moderna.
El concepto de la estética del cuerpo humano se presenta de alguna manera en
todos los pueblos y culturas y, especialmente, en la cultura occidental iniciada
en la Grecia clásica y continuada en el Imperio Romano. El gusto por las
manifestaciones artísticas siguió cultivándose por siglos en Italia, dando lugar
a la creación de maravillosas obras de arte arquitectónico, escultórico,
pictórico y literario. La apreciación de la belleza corporal formaba parte de la
cultura de los habitantes de la Italia renacentista.
Se comprende con claridad el horror que producían las mutilaciones faciales
ocasionados por las armas en un tiempo de inusitada violencia. La desfiguración
traía como consecuencia la marginación en un mundo donde las oportunidades de
distracción y esparcimiento estaban limitadas casi únicamente a las funciones
públicas civiles y religiosas. No extraña, por lo tanto, que la cirugía estética
surgiera en la culta Bolonia del siglo XVI, como producto de la imaginación y de
los avances técnicos de uno de los cirujanos más famosos de su tiempo. Gaspare
Tagliacozzi transforma un oficio practicado en secreto por barberos-cirujanos en
un procedimiento quirúrgico-artístico bien sistematizado. Aun cuando menciona la
función, deja claro que sus operaciones tienen por objeto devolver la belleza al
rostro.
En 1597, Gaspare Tagliacozzi, ciudadano de Bolonia, profesor de anatomía, médico
y cirujano distinguido, publica la primera edición de su libro De Curtorum
Chirurgia Per Insitionem. Este libro, producto característico de las inquietudes
intelectuales del Renacimiento, representó un adelanto en los conceptos técnicos
y filosóficos de su época. Su método de reconstrucción nasal sigue utilizándose
hasta la fecha.
En el siglo XVI Bolonia era ya una ciudad de tradición universitaria firmemente
establecida a la que acudían alumnos de todos los países europeos. Bolonia
formaba parte de los Estados Papales desde el principio del siglo XVI, cuando
perdió el poder la familia Bentivoglio. La mayoría de las decisiones
administrativas y políticas era tomada por el Legado Papal, aun cuando en teoría
el Senado y el Consejo de los Ancianos tenían en sus manos las riendas del poder.
En la práctica, el papel de estos dos cuerpos estaba limitado a las formas
ceremoniales lujosas como símbolos de una autoridad que ya habían perdido.
Bolonia era, ante todo, una ciudad universitaria. Esta institución, la más
antigua de Europa, persistía como testigo de antiguas glorias de la comuna
original. Era considerada como uno de los centros de enseñanza más importantes
de su tiempo, posiblemente sólo igualada en prestigio por la de Padua. Iniciada
en el siglo XI, la Universidad de Bolonia fue durante siglos el centro de
estudios del Derecho Romano y del Derecho Canónico. Hacia el siglo XIV se
incorporó a la Universidad la Escuela de Artes, donde se enseñaba medicina,
filosofía, astronomía, lógica y retórica, y la cual en corto tiempo se separó de
la Escuela de Leyes y nombró su propio rector.
El prestigio de la Universidad se añadía al prestigio de la Comuna. Los más
famosos profesores dictaban sus cátedras en los templos y en casas particulares.
Los colegios de las naciones, como el Colegio de España, fundado en el siglo XIV
con un legado del cardenal Albornoz, tenían por objeto acoger a los estudiantes
provenientes de otras naciones.
En la Universidad, Alma Mater Studiorum, a pesar de su contacto con la liturgia,
la política y la miseria, había hombres dedicados con pasión al estudio.
Buscaban y encontraban; investigaban persiguiendo la verdad con métodos que
fueron precursores del sistema científico moderno.
En el campo de la medicina se hacían en Bolonia contribuciones importantes. La
publicación de la Fábrica de Vesalio constituyó un evento sobresaliente en el
conocimiento de la Anatomía, pero no el único, pues antes que él Berengario de
Carpi, Falopio, Eustaccio, Acquapendente, Aranzio, Varolio y muchos más hicieron
aportaciones notables. En los otros campos de la ciencia, Copérnico había
expuesto, en la misma época, conceptos revolucionarios.
Gaspare Tagliacozzi entra a la Universidad para hacerse médico alrededor de
1565. Estudia a los autores clásicos: Avicena, Maimónides, Hipócrates y Galeno,
al mismo tiempo que adquiere conocimientos de filosofía natural y moral, de
astronomía, humanidades, lógica y teología. Practica, como todos los estudiantes
de su tiempo, la técnica del discurso, la argumentación y la discusión; planea,
como es la costumbre, obtener separadamente los grados de medicina y filosofía.
Tagliacozzi aprende cirugía con Aranzio, Aldrovandi y Cardano, cuya fama se
extendía por toda Europa. Éstos, verdaderos hombres del Renacimiento, eran
profundos conocedores de la anatomía. Androvandi, coleccionista incansable de
plantas y animales, se interesaba al mismo tiempo en la astrología e ilustraba
en sus escritos criaturas fantásticas animales y humanas productos de la
imaginación popular.
El ejemplo de estos profesores, su constante curiosidad y su ruptura con la
tradición, al publicar cuidadosamente sus observaciones, debe haber estimulado
al joven estudiante. De las disecciones anatómicas de Aranzio aprende a conocer
la estructura corporal. Trabajaba con pacientes en el Ospedale della Morte, cuyo
siniestro nombre viene de la cofradía religiosa que se ocupaba de la atención
médica. Podemos imaginarlo cruzando todos los días la plaza de Neptuno, pasando
junto a la fuente de Gian Bologna y recorriendo de cama en cama el Ospedale
della Morte o dirigiéndose al recién inaugurado edificio del Archiginnasio para
escuchar las lecciones de los profesores.
En 1570 Tagliacozzi termina sus estudios y está listo para tomar su doctorado.
Comparece primero ante el Vicario General para su examen de religión, según lo
establecido por Pío V. Luego de probar fe católica, jura no tratar a un paciente
por más de tres días si no hiciere confesión de sus pecados, bajo pena de
condenación y revocación de su título doctoral. El mismo año es electo como
anatomista, es decir, encargado, como su profesor Aranzio, de dar las lecciones
anatómicas frente a los alumnos. En ese mismo año, Tagliacozzi pasa a formar
parte, con Aranzio y Varolio, del grupo de profesores de cirugía, iniciando así,
como su antiguo maestro, una asociación en la cátedra que habrá de continuarse
por largos años. En 1575 Tagliacozzi toma parte en la preparación del Teriaco y
participa en una discusión famosa sobre la utilización de serpientes en la
fórmula. La preparación del Teriaco representaba un acontecimiento en la vida
cultural de la Universidad. Este medicamento, constituido por 63 elementos
distintos, al que se atribuían poderes curativos extraordinarios, debía ser
preparado siguiendo la fórmula con gran exactitud y cuidando al máximo todos los
detalles del proceso; los errores de elaboración podían anular su eficacia
terapéutica.
La discusión se originó por las objeciones de Aldrovandi a que el Teriaco fuera
preparado por los farmacéuticos y no por los médicos. Insistió Aldrovandi en que
las serpientes utilizadas eran del sexo femenino y, además, estaban embarazadas.
Tagliacozzi tomó lógicamente el partido de su maestro y amigo; fue el encargado
de hacer las disecciones de las serpientes. El litigio, que duró varios años,
terminó decidiéndose en Roma cuando el Papa dio la razón a Ulisse Aldrovandi. Es
interesante observar la actitud de esos médicos prominentes, que estaban en la
vanguardia de la ciencia contemporánea y, al mismo tiempo, se mantenían fieles a
las tradiciones galénicas usando el Teriaco, una panacea en la cual
probablemente no creían.
En 1576, seis años después de su doctorado en medicina, tiene su segunda
graduación y es admitido en los colegios de Medicina y Filosofía, es decir, ya
es un Doctor Colegiado. Las disecciones de Anatomía eran acontecimientos
importantes en la vida social de Bolonia a los que asistían las gentes
principales ataviadas con sus mejores galas. Tagliacozzi, como los demás
profesores, estaba obligado a adornar con damascos el salón de disecciones,
proveer las antorchas y enviar un regalo de velas venecianas al Prior de los
Doctores en Medicina, lo que explica sus peticiones repetidas de aumento de
sueldo a las autoridades de la Universidad.
No sabemos cómo se inició el interés de Tagliacozzi por la cirugía plástica. La
restauración quirúrgica de las deformidades nasales había sido llevada a cabo
por los Braco en Sicilia con tejidos obtenidos de la región vecina y por los
Vianeo en Calabria, que la ejecutaban con piel obtenida del brazo. Estos
procedimientos eran practicados muchos siglos atrás en la India, donde la
amputación nasal era un castigo corporal relativamente común. Es probable que
estos conocimientos hayan sido llevados por la árabes a Sicilia.
Estas operaciones, por mucho tiempo conocidas, no habían sido claramente
entendidas y gozaban de poco crédito. Falopio, al describir la reconstrucción
nasal, expone conceptos erróneos y Ambrosio Paré, en 1575, habla de injertos
musculares del bíceps y no de piel; describe y critica esos procedimientos
dolorosos, cuya duración se prolonga hasta un año. Cuando los médicos más
famosos se expresaban en términos tan despectivos acerca de los injertos de piel,
es necesario admitir que Tagliacozzi tomó una postura valerosa y debió recorrer
un camino difícil para explorar las posibilidades de la cirugía reconstructiva,
corregir errores, refinar su técnica y combatir prejuicios.
No está claro cómo adquirió Tagliacozzi sus primeros conocimientos sobre
injertos. Su maestro Aranzio había llevado a cabo la rinoplastía con piel, pero
lo cierto es que Aranzio no publicó nada al respecto y sus contribuciones
científicas quedaron en el campo de la anatomía.
Es probable que Tagliacozzi tuviera oportunidad de examinar algunos de los
pacientes operados por los Vianeo, cuya fama se extendía por toda Italia. Es
posible también que esas técnicas hubieran llegado a su conocimiento a través de
cirujanos viajeros como Fioravanti. El interés por la cirugía plástica es
explicable si tenemos en cuenta la frecuencia de las heridas recibidas en duelos
con arma blanca, las mutilaciones nasales y auriculares que se llevaban a cabo
como castigo a violaciones de las leyes y los estragos que hacía la sífilis. No
hay duda de que Tagliacozzi conocía bien los escritos de los autores clásicos y
contemporáneos sobre la reconstrucción de mutilaciones. En su libro dedica un
capítulo completo a la discusión de esos reportes y no pretende, en ningún
momento, ser el autor original del método. Lo más probable es que haya recibido
de Aranzio instrucción práctica sobre la rinoplastía en sus días de estudiante y
practicado observaciones directas de los pacientes operados por los
barberos-cirujanos sicilianos y calabreses. Publicó sus observaciones sobre los
procedimientos de cirugía reconstructiva en una forma ordenada que los puso al
alcance de otros cirujanos. Sus objetivos están claramente explicados en la
dedicatoria del De Curtorurn Chirurgia:
He observado que algunos casos han sido descritos inadecuadamente y otros casos
obscuramente por los autores antiguos; otros han sido omitidos en relación con
la consumación del arte y, por otro lado, no todos los médicos conocen o son
capaces de llevar a cabo esta parte, no innoble por cierto, de la cirugía que se
ocupa de la reconstrucción de narices, orejas y labios mutilados. Por lo tanto,
considerando digno de esfuerzo este aspecto de la cirugía y particularmente
desde que he oído que había ciertos hombres en Calabria que practicaban este
arte por métodos irregulares y riesgosos no basados en la razón, me he dedicado
a éste con tanta asiduidad y diligencia como ha sido posible, ya que es parte de
mi profesión, para que este campo sea logrado y publicado para el bien común. Al
hacer éste creo haberlo logrado no sólo siendo útil al tratar gente sino por
haber traído finalmente parte de la cirugía al nivel de un arte para que pueda
ser transmitida en escritos y cualquier hombre, aun uno de moderada habilidad,
pueda operar con éxito y sabiduría. Por estas razones, he decidido enviar
finalmente al mundo este producto de mi corazón, ahora que ha alcanzado la
madurez, y compartirlo con todos los hombres de elevado espíritu no sólo para
llenar este hueco en la medicina sino también porque pensé que los errores de
los autores recientes debían ser expresa y vigorosamente refutados.
Estas ideas ilustran con claridad la honestidad de Tagliacozzi como cirujano y
como maestro, al igual que su interés por extender su conocimiento de la cirugía
reparadora. Más de diez años antes de la publicación del De Curtorurn Chirurgia,
Girolamo Mercuriale, famoso médico y anatomista, profesor en Padua, elogia al
cirujano de Bolonia y publica sus impresiones sobre las narices reconstruidas
que le había mostrado, aunque repite los conceptos erróneos que prevalecían en
ese tiempo. Al hacerlo da oportunidad a Tagliacozzi de escribirle una carta para
aclarar y extender los principlos de la reconstrucción nasal y rectificar los
conceptos erróneos sobre la misma. Esta carta, escrita en 1585, es publicada por
el mismo Mercuriale en 1587 como un apéndice de la segunda edición de su libro
De Decoratione. Doce años fueron necesarios para pulir y completar la obra De
Curtorum Chirurgia, desde la carta a Mercuriale hasta el momento en que aparece
la primera edición en Venecia. Tras largos años de experiencia quirúrgica, de
preparación y pulimento del texto y de una minuciosa atención en la elaboración
de los estupendos dibujos ilustrativos de la técnica, sale a la luz la primera
edición del De Curtorum Chirurgia en 1597, dos años antes de la muerte de
Tagliacozzi, debidamente autorizado con el imprimatur de la congregación del
índice y el certificado de los oficiales contra la blasfemia, así como el
permiso al editor Bindoni para su publicación.
Aparece en la primera plana el escudo de armas de Vicenzo Gonzaga, protector y
amigo de Tagliacozzi, a quien está dedicada la obra. El texto inicia con el
análisis de las cualidades estéticas de la cara, de la nariz, de los labios y de
las orejas y su relación con la raza, el sexo, el temperamento y la posición
social de las personas. Cita el autor numerosos ejemplos históricos de la
terrible deformación que produce la mutilación nasal e insiste en la obligación
del cirujano de corregir estos defectos. Junto con el objetivo estrictamente
cosmético de la operación llaman la atención las observaciones de Tagliacozzi
sobre el dolor. Explica y defiende otras operaciones que, al precio de
intensísimos sufrimientos, logran salvar la vida de algunos pacientes, pero
insiste en que sus procedimientos para reconstruir la nariz son poco dolorosos y
bien aceptados.
Tagliacozzi explica la selección de la estación más adecuada para llevar a cabo
la operación y la preparación del paciente; describe los fórceps y cuchillos,
que deben estar bien afilados, así como las características y el comportamiento
de los ayudantes, quienes deben permanecer en silencio mientras el maestro los
dirige con gestos. Apoyándose en las excelentes ilustraciones, explica cómo toma
un modelo de la porción faltante de la nariz, lo dibuja en la cara anterior del
brazo y hace dos incisiones longitudinales paralelas. Éstas son completadas dos
semanas más tarde con una tercera incisión que une los cortes paralelos, dejando
así un colgajo unido al brazo por uno de sus extremos. Algunas semanas más tarde
reaviva la herida de la nariz e implanta el colgajo sobre la carne cruenta,
suturándolo a los bordes de la herida. Para la fijación del brazo a la cara se
ayuda con la presencia de un sastre, quien fabrica "a la medida" un arnés para
mantener la posición del brazo. Dos o tres semanas después secciona el pedículo
separando el brazo de la nariz, ahora cubierta por la piel trasplantada. Durante
los siguientes días se ocupa de modelar la nueva nariz con un ingenioso
mecanismo de cordeles y anillos para lograr el objetivo estético que persigue.
Termina finalmente con una última operación en que fija el extremo libre del
trasplante a la parte baja de la nariz, formando así la columnela y las alas
nasales. El proceso completo toma entre tres y cinco meses, pero recomienda que
el paciente utilice por dos años unos conformadores en los orificios nasales.
Es razonable pensar que todo contribuía a eliminar la brutalidad asociada
tradicionalmente a la cirugía y hacer, hasta donde era posible, menos doloroso
el proceso. Sorprenden también los esfuerzos dedicados a dar una forma adecuada
a la nueva nariz, armoniosa con la cara y aceptable para el criterio estético de
su tiempo.
Todo el proceso de reconstrucción estaba basado en observaciones botánicas de
los injertos vegetales. Tagliacozzi acepta que puede hacerse el trasplante de
una persona a otra, pero lo descarta debido a los problemas prácticos de
mantener a dos individuos unidos e inmovilizados por varias semanas. Estas
observaciones probablemente dieron lugar a comentarios posteriores sobre el uso
de un esclavo como donador de la piel y la leyenda de muerte súbita de la nariz
si el esclavo moría antes que el receptor.
De esta primera edición hubo aparentemente algunos volúmenes especiales, dos de
los cuales se conservan, uno en la Biblioteca de la Universidad de Bolonia, el
cual fue originalmente dedicado al Senado, y otro en la Biblioteca Nacional de
París que perteneció a Gaston d'Orleans, quien pudo haberlo obtenido a través de
su relación familiar con Vicenzo Gonzaga. Apenas se había secado la tinta de la
edición de Bindoni cuando ya aparecía una segunda edición. Ésta fue hecha por
Meiotti sin autorización alguna, en papel más corriente y con grabados de menor
calidad. Le faltan el índice y la fe de erratas. No hay imprimatur ni permiso
papal, y están igualmente ausentes la dedicatoria al Duque de Mantua y su escudo
de armas. Roberto Meiotti era un conocido editor veneciano, síndico del gremio
de editores, que había hecho ya antes otras ediciones piratas por las cuales
había sido juzgado por el Santo Oficio y castigado con la excomunión.
El De Curtorum Chirurgia fue un éxito editorial no sólo en Italia sino en otros
países. En 1598 aparece en Frankfurt una tercera edición dedicada al Conde
Ranzov. La cuarta edición se publicó en Alemania en 1831 como resultado del
renovado interés por las rinoplastías estimulado por el notable cirujano Johann
Dieffenbach, a quien está dedicada la obra. Mucho más tarde aparece en México
otra muy cuidada edición facsimilar reproducida de la publicación de Meiotti.
Tagliacozzi muere en Bolonia en noviembre de 1599 y es enterrado, de acuerdo con
sus deseos, en la iglesia del Convento de San Juan Bautista. Unos cuantos meses
después, una de las religiosas del Convento de San Juan Bautista escucha voces
durante la noche. Preocupada por el extraño suceso, lo consulta con sus
superiores, quienes asumen que esas voces vienen del otro mundo porque
Tagliacozzi, al restaurar órganos destruidos, había violado las leyes de la
naturaleza. El Santo Oficio toma cartas en el asunto y el cadáver es
desenterrado y llevado fuera de las murallas de la ciudad mientras se llevan a
cabo las investigaciones necesarias.
La causa de Tagliacozzi es defendida por sus contemporáneos y se da la orden de
devolver sus restos al sitio original y destruir todos los documentos
incriminatorios. La información, sin embargo, llega hasta nosotros en una página
manuscrita pegada a la pasta del ejemplar del De Curtorum Chirurgia que se
encuentra en la biblioteca del Archiginnasio. Ésta perteneció a Gian Girolamo
Sbaraglia, quien tenía enemistad con Tagliacozzi. Eso explica por qué, a pesar
de las estrictas ordenanzas del Santo Oficio de que toda evidencia
incriminatoria fuera destruida cuando la memoria del acusado había sido
reivindicada, nos enteramos de ese juicio postmortem. Debemos agradecer al
espíritu rencoroso de Sbaraglia el haber preservado un dato importante para la
historia. Resulta sorprendente, sin embargo, que las alucinaciones auditivas
sufridas por una monja solitaria durante el frío invierno de Bolonia hayan
puesto en entredicho la integridad de un profesor que, en vida, gozó de
extraordinario prestigio.
Exonerado de culpa el nombre de Gaspare Tagliacozzi, se trasladan nuevamente sus
restos al Convento de San Juan Bautista, donde el transcurso del tiempo y las
vicisitudes de las guerras hacen perder su tumba. La visión de la obra de
Tagliacozzi pone en relieve sus extraordinarias cualidades. Producto del
Renacimiento, traspone las reglas comunes y aplica principios botánicos para la
ejecución de sus injertos. No hay duda de que durante su vida, como ocurrió
después de su muerte, estas operaciones debieron ser consideradas como
contrarias a las reglas de la naturaleza. A pesar de todo, Tagliacozzi escapa de
ser enjuiciado y excomulgado por el Santo Oficio como tantos científicos de su
tiempo, lo que sugiere un particular talento para las relaciones humanas. Esta
cualidad se hace evidente cuando, ya muerto, sus amigos defienden y ganan el
juicio abierto por el Santo Oficio. En el terreno de la cirugía, sus
observaciones van muy adelante de los tiempos.
Sin embargo, a pesar de sus escritos, prevalecen las objeciones infundadas de
Varolio y de Paré. Los maravillosos datos clínicos que aparecen en el De
Curtorum Chirurgia son olvidados y deben transcurrir siglos para que otros
cirujanos rompan las barreras de la tradición y aprecien las ventajas de los
injertos pediculados del brazo.
Extracto del texto del libro Dolor y belleza. Gaspare Tagliacozzi, del Dr.
Fernando Ortiz Monasterio
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